Los padres cuando los hijos emigran

Mundos íntimos. Mi hija es una “ingrata”: se fue a vivir al extranjero

Fin de año Eva Carlos su esposo Martín y Malena despedían el 2004 con un abrazo.

Fin de año Eva Carlos su esposo Martín y Malena despedían el 2004 con un abrazo.

Nido vacío.¿Qué pasa cuando un matrimonio se queda solo después de décadas? ¿Cómo se conjuga el orgullo por el camino propio que construyen los hijos con esa necesidad visceral de tenerlos cerca? La autora cuenta sus dudas y añoranzas –con la que está lejos y con el que está aquí pero hace su vida– y reflexiona, plato de sopa mediante, sobre el envejecer junto a su marido.

Publicado en Clarin.com por Eva Jungman.

Otra vez. Correr al aeropuerto, ¿tenés todo?, los abrazos de despedida, las lágrimas que Carlos intenta contener (los hombres no lloran, aprendió de chico) y las mías que, aunque había decidido darme el gusto de derramar sin freno, me esfuerzo por mantener a raya para alivianarle la partida. Antes de atravesar la puerta de control, con la tarjeta de embarque y el pasaporte en la mano, la mitad de nuestra hija que quiere quedarse explota, como siempre, en llanto y nos da rienda suelta.

Estoy harta de privilegiar que pueda irse en paz. No me hace feliz que viva del otro lado del océano. Sí, lo sé. Debería alegrarme, lo importante es la realización y la felicidad de los hijos, “dejarlos volar”. Además, con lo lindo que es París y como están las cosas … Pero no. Aún peor, confieso que, en mi versión más áspera, me invade una despreciable cuota de miseria y rencor, y ni siquiera logro disfrutar de sus logros en el extranjero. Se me tornan enemigos de esta batalla secreta que libro, avergonzada y muy a mi pesar, contra todo aquello que siento que la aleja. Suena feo, me doy cuenta, pero no puedo evitarlo: es lo que me pasa.

Debería acostumbrarme de una vez, me reta a menudo una de mis mejores amigas. Se la ve contenta y tan enamorada, ¿qué pretendo? La quiero la quiero la quiero ahora acá, me gustaría patalear y gritarle como un chico empacado frente a un kiosco o una juguetería. Pero mi amiga perdió a una hija, sé de lo que se trata “dejar ir”, me dijo hace un tiempo cuando, defendiéndome de sus cuestionamientos, argumenté que era fácil decirlo, que ella no estaba en mis zapatos. No me animo a volver a rozar con el mío, tan mezquino, la inconmensurabilidad de su dolor. Otra, que no tuvo hijos por elección, suele decirme, sin ocultar el matiz crítico en su voz, que no me entiende, que este extrañar tanto le resulta casi patológico. Su novio hace casi tres años que no ve a su único hijo que también vive en Francia; en cambio yo puedo darme el lujo de viajar a ver a la mía que, por cierto, ya está grandecita para hacer lo que se le dé la gana. Además, con la tecnología que hoy existe puedo comunicarme, incluso verla, a diario. Siento ganas de saltarle a la yugular.

Volvemos por la Ricchieri en silencio. La aplicación que bajé en el teléfono indica que el avión acaba de despegar. Carlos es el primero en reponerse o, al menos, es lo que parece. Ya está hablando de lo que este día le depara, de todo lo que tiene que hacer. Está formateado para armarse rapidito. Patrimonio o condena de los varones de cierta edad, según como se lo mire. Y, aunque suelo criticárselo, hoy lo envidio. A mí me cuesta. Quiero volver a casa, dormir. Las últimas dos semanas fueron de grado 7 o, incluso, mayor en la escala Richter. Un sacudón a mis hábitos y horarios, a nuestra cotidianeidad. Un ponerme de entero a disposición, un querer exprimir como si fuera una naranja a mi hija de energía tsunami. Estoy, física y emocionalmente, agotada.

Lagrimeando, a pesar de que sé que mi marido preferiría que le siga el juego y haga de cuenta que acá no ha pasado nada, le digo que no me acostumbro. Que cada vez que Malena se va siento como si me arrancaran un pedazo. Temo que, como mis dos amigas, me censure, diga que exagero y que estoy convirtiéndome en una de esas madres a las que abomino. Pero él me pone su mano sobre la pierna y guarda silencio. Es hombre de pocas palabras y, a esta altura, sabe cómo apaciguar a mis fieras.

No sé por qué, me acuerdo de la arrolladora conmoción que fue enterarnos de que íbamos a tener un hijo. De cómo y de un sopetón sentí que el salvoconducto de salida con el que había encarado cada una de mis decisiones y proyectos hasta entonces, incluso el matrimonio, había caducado. Con el implacable resultado positivo de embarazo acababa de instalarse el “para siempre” en nuestra vida. Estaba aterrada. Y sonrío. Todo aquello me resulta tan ajeno ahora, como si de otra protagonista y una historia que no es la mía se tratara.

Me acuerdo de Martín cuando nació, de sus ojos negros y sus dedos largos, de mi hijo varón. Y pienso en la distancia próxima y atenta que mantiene. En que a él también le debe resultar difícil la partida de su única hermana, el haberse quedado con “tanta” madre. En lo parco que puede llegar a ser a veces y cuánto nos costó, también, soltarlo. Voy a invitarlo a almorzar. Cuando necesito un encuentro a solas con él, soy yo la que tengo que ocuparme de gestarlo. Nuestro vínculo, aunque intenso y cotidiano, no es de frecuencia diaria. Sobre todo desde que se fue de casa.

Apoyo mi mano sobre la de Carlos. Él se deja por unos instantes. Después sintoniza uno de esos programas radiales en los que hablan de todo un poco y lo distraen. Yo miro a través de la ventanilla del auto sin mirar: los bosques, el Mercado Central, los carteles, el tráfico. Aunque no renunciaría ni por un minuto, ¡uf, ser padres!, pienso.

Nos propusimos criar a nuestros hijos libres, los mandamos a colegios “progres”, los estimulamos desde chicos a conocer el mundo, a vivir la experiencia de estudiar afuera, a que se vayan a vivir solos (mi marido suele acusarme con tono burlón de ser la principal responsable); pero ahora que la menor, a la que ¿en broma? suelo apodar “ingrata”, se ha enamorado de un francés y ha decidido establecerse fuera de los límites de nuestra jurisdicción y que el mayor, mi encantador primogénito, el que más ha padecido de nuestra inexperiencia y contradicciones, está poniéndose grande de verdad y tiene su vida, nos cuesta soportarlo. Como todas y cada una de las veces en las que se han encargado y seguirán encargándose, por suerte para ellos, de frustrar nuestras expectativas. ¡Qué institución difícil!

A ver si se entiende: no es que quiera a mis hijos viviendo de vuelta bajo el mismo techo. Después de espantar, no sin esfuerzo, los fantasmas del “nido vacío” (no fue fácil encontrarnos, después de que esa inmensa causa común que lo ocupaba casi todo despejó el territorio: solos, uno enfrente del otro, mirándonos las caras, sin distractivos; re-habitar la casa, literal y metafóricamente; volver a toparnos con nuestras diferencias), disfruto de que no tengamos que ejercer de padres ni comportarnos comme il faut en horario completo. Poder dormir los fines de semana hasta tarde como adolescentes, pasearnos livianos de ropa de acá para allá si se nos da la gana y disponer como mejor queramos del hambre, la música o el silencio.

Pero que levante la mano quien, habiéndolo experimentado, no esté de acuerdo con que la felicidad en su máxima expresión es tener a los hijos, de vez en cuando, amuchados sobre nuestra cama como cuando eran chicos. O comer un asado en familia los domingos. ¿Qué me dicen de bajar las persianas y compartir durante una tarde lluviosa de invierno, tapados hasta las narices, un continuado de alguna de sus series de infancia favoritas? Que entren y salgan y vuelvan a entrar, llenando la casa de sus ruidos, su música, su presencia. Y también, para qué negarlo, que después se vayan y nos dejen de nuevo a solas.

La semana pasada, mi madre anciana, con la disfasia que la aqueja desde que un ACV atravesó hace diez años su vida, intentaba explicarle a su cardióloga que, salvo su nieto varón (el primogénito al que hacía referencia hace unos renglones, ese hijo mío de treinta y uno del que disfruto tanto cuando nos sentamos a conversar y darle vueltas a algún asunto que nos importa o a la nada misma), sus tres nietas mujeres viven en diferentes países. Una en Francia, una en Bélgica, la otra en Suecia, le especificó recurriendo a mí con la mirada para que fuera yo quien, en su nombre, se lo enumerara. También su hijo, mi único hermano, que vive en Chile. La médica tucumana, persona encantadora si las hay, nos preguntó casi horrorizada cómo hacíamos para soportarlo.

El bienestar, dijo, es estar cerca de los que uno quiere y lo quieren, yo no me compro ese cuento mercantilista de que hay que salir a buscarlo afuera y eso es lo que le enseño a mis hijos. Mamá se quedó mirándola, con gesto triste, sin palabras. O con menos de las que tiene disponibles. Y yo (será porque me crié en el seno de una familia forzada al exilio y padecí en carne propia el desarraigo de mis padres, o porque no tuve abuelos y de chica podía contar con los dedos de las manos el total de mis parientes; será porque soy una idische mamme con todas las letras o porque mi hermano no vive desde hace mucho en Buenos Aires y, aunque el tiempo todo lo puede y ya estoy acostumbrada, muchas veces me encuentro extrañándolo o abrumada por no tenerlo a mano para compartir las peripecias de la vida familiar, ni a él ni a la única prima casi hermana que tenía en Argentina, otra “desertora” que emigró a los Estados Unidos), tuve que hacer muchísimo esfuerzo para inhibir mi impulso de saltar de la silla y abrazarla.

Después de atravesar a paso de hombre la General Paz, llegamos, por fin, a casa. Detrás de la puerta de entrada nos topamos con una nota que pegó con cinta de papel sobre la pared nuestra hija tsunami. Un corazón que habrá dibujado a las corridas a último momento dentro del cual puede leerse: “Donde están ustedes, estoy yo. Gracias por TODO. Los amo. Nos vemos pronto”.

Con las amígdalas estrujándome la garganta, le pregunto a Carlos si quiere almorzar. Mira el reloj y me responde que sí. Mientras caliento y le agrego cabellos de ángel al caldo casero de pollo que, precavida, dejé preparado anoche, él enciende y mira la televisión. Cuando está listo, nos sentamos uno enfrente del otro y, callados, tomamos la sopa. Uno de nuestros manjares favoritos y, aunque suene a lugar común, una receta infalible de mi madre, su antídoto para casi todo tipo de males. Uso la palabra “nuestros” porque somos de esas raras avis que logramos sobrevivir felizmente a los desafíos que el matrimonio nos propuso. Llevamos más tiempo juntos del que vivimos cada uno por su lado. Sin desmedro del respeto que le tenemos a nuestras individualidades, el uso de la primera persona en plural (nosotros esto, nosotros aquello, nos gusta o nos disgusta…), en nuestro caso, está algo más que justificado.

Mi marido canoso, el padre de mis hijos, vuelve a mirar el reloj. Tengo que irme, dice, se me hizo tarde. Por enésima vez, miro como una autómata el teléfono y le digo que Malena ya debe de estar sobrevolando Brasil, según indica la nueva aplicación que mi hijo Martín, de corazón enorme y pocas palabras como su papá, me recomendó bajar en el smartphone que él y Carlos me regalaron para que pudiera comunicarme, vía camarita y en tiempo real, con mi amada “ingrata”. La que entra y sale y vuelve entrar. Carlos me besa suave. Primero sobre uno de mis párpados, después sobre el otro. Y yo lo abrazo fuerte. Muy fuerte.

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Eva Jungman. Hija de sobrevivientes de la Segunda Guerra, de chica envidiaba a las familias extensas. De joven quería cambiar el mundo y con ese cometido estudió Ciencias de la Educación (profesión que ejerció como consultora en escuelas públicas y privadas y en empresas). Todavía cree que vale la pena intentarlo. En el mientras, nunca dejó de mirar con ganas las letras. A los 50 decidió que ya había llegado el momento. Ha publicado dos libros: “Un dolor medular” y “Desnudos bajo la luna”. Además de escribir, le gusta el jazz y amasar su propio pan. Y leer, siempre, porque la lectura –aprendió de su padre– es una forma de mejorar la vida.

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